Adiós viejo amigo. Hasta hoy, 364 días, hemos permanecido en pie que no es poco. Me has enseñado que nada es lo que parece, que todo está por construir y que no debo creerme que merezca más que nadie.

 

Me has dicho en muchas ocasiones cómo debía orientarme, cómo estar y ser. Pero en alguna ocasión te di la espalda, rompí la lógica racionalista para comprobar que la verdad interior mantiene la vida pero supone riesgos. Me has enseñado que uno no es ni está solo en el mundo, pero sí es único como ser irrepetible, y que nuestras aspiraciones como ser humano debemos conseguirlas en comunidad, haciendo grupo.

 

Es bueno lo que me has mostrado, aún con la dureza con la que se ha manifestado en ocasiones. Me has hecho ver que lo invisible y lo visible a veces son conceptos de focalización, y que entre ellos apenas pueda existir una imperceptible y delgada línea.

 

Has dejado que yo camine, y yerre. Has hecho posible que los aciertos también pueda saborearlos, y me has puesto en un lugar en el que debo ir armonizando vida y destino. Has hecho posible que mantenga una vieja aspiración que supone una liberación interior, ganar en salud, en vida. Has posibilitado, amigo mío, que me conociera más a mí mismo, algo impagable en los días de locura que vivimos. Tu órbita y trayectoria me ha ayudado a superar duros momentos en los que un cierto movimiento sísmico ha sacudido mi existencia, pero en esta ocasión los cimientos han sido sólidos y fundados en la paz interna. Me has mostrado que un silencio vale más que mil palabras, y que pocas palabras pueden decir mucho.

 

En otros tiempos hubiera estado peleado contigo, viejo amigo, pero para qué. No sirve de nada, únicamente para asentar un poso de amargura. Nada más lejos de la realidad –hoy- que arremeter contra el destino, ya que él se muestra como, a veces, uno lo llama. Una decisión personal se materializa luego y el día a día va construyendo o destruyendo nuestro ser interno en función de cómo hagamos o dejemos hacer las cosas. Por eso no tengo el derecho de hablar mal de ti, porque eso supondría desconocer un principio elemental de causa y efecto. Eso sí, sólo espero que el nuevo compañero que está por llegar vaya completando la obra para la plenitud.

 

Es cierto que ha habido momentos tensos, de ansiedad enorme, de frialdad que nace del vacío. También ha habido momentos sublimes de pasión, de éxtasis, de ternura y también de rabia. Ha sido un período de cambio en el que aún no sé cuál va a ser la estación destino.

Pero, como todo lo perecedero, el tren tiene estaciones y paradas donde suben y bajan viajeros. Así es el mismo tren de la vida, donde se enlazan existencias. Algunos pasajeros han vuelto a subirse después de algún tiempo, otros han sido fugaces, algunos han sido meros proyectos ilusos. Ahora mismo también he aprendido que no cualquier pasajero tiene el derecho a entrar en el tren, sino aquel que se va ganando ese derecho. Porque esa es la independencia y la libertad. Hay quienes, incluso, que se creyeron poder traspasar la cabina del conductor sin permiso, pero entonces han sido pasaje de una sola estación. Y no es que este tren cierre sus puertas. Más bien, al contrario, quiere tenerlas abiertas en condiciones de igualdad y correspondencia.

 

Esto me enseñaste: el principio de la correspondencia. Es un principio matemático donde si A tiende a B, entonces B tiende hacia A. Cuesta mucho entender esto, es duro decirle a B que si no hay correspondencia entonces A se retira. Pero ha de hacerse, sobre todo por el bien de los dos integrantes del conjunto.

 

También, amigo mío, me has mostrado que las contrariedades son las que van curtiendo como pilares sólidos para un edificio aún mejor y que está por venir. Pero mira que esto mina a cualquiera, y en ocasiones ganas no han faltado de volverte las espaldas y decirte hasta luego. Tú por tu lado y yo por el mío. Pero eso ya lo comprobé durante muchos años, y no dio resultado. Ahora toca mirarte a la cara serenamente, sonreír, comprender, aceptar, mirar en el interior, contemplar, actuar. Ha llegado, quizá, el tiempo donde cada letra que escriba sea una nota musical emitida para la totalidad de una partitura, que cada paso que dé sea para que las puertas de la vida permanezcan abiertas, que cada ánimo que preste sea para que otros prosigan su camino en las mismas condiciones de bienestar espiritual.

 

Es probable que sea la hora de ir avanzando hacia aquello por lo que uno va apostando día a día, aún entre sus errores y virtudes. Es hora de manifestar esa verdad del corazón, donde radica la verdadera sabiduría. La misma que me has ido poniendo por delante y que, en alguna ocasión, no he sabido atrapar. Pero estoy vivo, y doy gracias por ello.

 

Estar hoy vivo, respirar, conmoverme, enamorarme de la vida, o mirar hacia Orión, sentir dolor por tanta muerte violenta, debe hacerme siempre pensar que cada día que pasa es un regalo, que cada instante es para saber decir sí y no a lo que es como tal. Cada momento debe ser un motivo para recordar que tienes pegado un hilo divino que te une. Invisible, intangible, pero a la vista de cualquiera.

 

Hoy sé que me levanté, probablemente termine el día. Ya no sé más. Ese es, amigo mío, tu mensaje cuando te vas cada año y vuelves con otro rostro, bajo otro aspecto como transfigurado. Quieres recordarnos que estamos de paso, que únicamente poseemos un préstamo vital pero no para condenarnos ni condenar a nadie, sino para caminar conjuntamente. Que somos viajeros que venimos y volvemos, peregrinos de la vida que transitamos en nuestras caravanas. Que hay una lección que día a día quieres enseñarnos pero que no aprendemos y es que con poco equipaje circulamos más rápido. Pero, sin embargo, preferimos ir con cadenas atravesando nuestro propio desierto. Aún nos queda mucho por aprender, cierto. Pero puede que algún día sea tarde entonces.

 

Sólo me queda despedirme de ti viejo amigo. Contigo van todas aquellas cosas y personas que quieres, pero que a lo mejor ya no ves. Contigo van sueños y vuelven, pero tan sólo habrá que ir preparando los enseres necesarios para deportar aquellos que son venganza, rencor y odio. Ellos han de irse definitivamente y no volver.

Escrito por mi amigo Antonio