Lo que se entiende habitualmente por ser "alguien" es una noción comparativa: equivale a destacar, a alcanzar cierto nivel en la escala del estatus social, a tener un cierto reconocimiento. Se es alguien siempre ante los otros.
El que busca ser "alguien" de este modo es sólo el yo superficial, el que vive de imagenes, el que se mide y compara (con ciertas ideas que le dicen como debe ser y obrar, con el modo de ser de los demás)
 
La sabiduria nos enseña que la verdadera autoestima no es comparativa; que no es un "ser más, menos o igual que" sino un descansar incondicionalmente en el hecho de ser lo que somos íntimamente.
 
La busqueda y el logro de reconocimiento los ha encarcelado en una fachada ;se es "alguien" siempre ante la mirada ajena , tras la la que su verdad intima ha quedado oculta y relegada. El yo superficial ha logrado su meta pero el Yo profundo ha sido el gran olvidado en esa búsqueda. La excitación del logro da paso irrevocablemente al dolor esencial.
 
Quien está arraigado conscientemente en su Fuente se siente plenamente  ser. Quien no lo está, ha de huir de su dolor, de su vacio esencial siendo "alguien" ante los demás y ante sí mismo. No es libre; necesita desesperadamente el espejo de los otros, su confirmación.
 
Tiene una gran personalidad únicamente quien no se preocupa por tenerla. En claro contraste con lo que el yo superficial suele denominar seguridad en uno mismo, la sabiduria nos enseña que sólo en esta ausencia total de pretensión radica la verdadera autoconfianza.
 
 
La presencia de quienes se expresan en libertad, de quienes sencillamente y relajadamente son lo que son, tiene un efecto extremadamente benéfico. En concreto, nos permite entrar en contacto con un espacio de libertad en el que también nosotros podemos ser enteramente lo que somos. El libre hace libre a los demás. Ser libremente lo que se es, expresarse de forma espontánea y aunténtica, es el mayor regalo que nos pueden hacer y que podemos hacer. Ello requiere un grado de aceptación propia. A su vez, es precisamente esta aceptación propia la que permite aceptar realmente a los demás, y que los demás se sientan aceptados . Sin lo primero no puede darse lo segundo
 
 
La envidia y la imitación se sustentan en la comparación, la competencia, el mirar para afuera para saber quien debo ser, definen el camino exactamente opuesto al que conduce a la auto-identidad. Para quien quiera lograr esta última, él mismo ha de ser su única medida. Aqui radica la distinción entre la grandeza y la mediocridad.
 
Es grande quien sabe que su único punto de apoyo es su voz interior, su realidad concreta, su experiencia directa, su propio nivel de comprensión, quien no da nada por supuesto; quien es, habla y actua de primera mano. Cuando asi obra, ahí tiene lugar un crecimiento, una maduración , no hipotética sino real
 
 
El gozo de vivir radica en gran medida en el permanente asombro que acompaña a ese surgimiento, a la expresión de esa obra de arte que es nuestra vida y que no sabemos de antemano, como sucede en toda verdaera creacción, cual va a ser su forma acabada. Ser veraz supone vivir en una constante aventura. El yo superficial no se aventura , no se maravilla y no se sorprende, sólo planifica, no se renueva, se repite a si mismo ad nauseam
 
Vivir auténticamente no es planificar lo que vamos a ser, sino descubrir a cada instante, lo que somos. La referencia de lo que fuimos o hicimos ayer nos puede ser útil, pero no nos otorga orientación definitiva acerca de lo que tenemos que ser o hacer hoy
 
Mónica Cavalle
La sabiduria recobrada
filosofía como terapia