la vida es un movimiento de claroscuros y justamente son estos claroscuros los que otorgan sentido a su contrario, es decir, el placer tiene sentido porque está su opuesto, el dolor. Y el dolor es reconocido por su opuesto, el placer. Ambos aspectos son propios de la vida y es necesario saberlos aceptar para vivirla en toda su dimensión.
 
Quien quiera vivir la vida sabiamente deberá aprender a aceptar sus dolores y deberá también aprender a dejar ir sus placeres. hay una certeza que aliviará la intensidad del primero: así como el placer no dura eternamente, el dolor tampoco.
 
Permitirnos vivir los momentos de tristeza cuando estos llegan, sin que nos asuste la vivencia, nos hace dúctiles para acomodarnos naturalmente a los distintos compases claroscuros que se suceden en la danza de la vida.
El no resistirnos a sentir tristeza nos habilita a gozar con mayor intensidad las experiencias contrapuestas de alegría y pretender atenuar los sentimientos que consideramos negativos atenúa también aquellos que consideramos positivos.
 
Claudia Noseda