La inteligencia es la facultad del despegue y de la liberación. Es una energía aeronáutica. Nos permite ir más allá de nuestras limitaciones, más allá de la selva de donde venimos, más allá de los mil pantanos en donde nos empantanamos.
 
Los chimpacés son primos nuestros, compartimos el 95% de los genes , y sin embargo, ¡qué fantástica lejanía! .Son muy inteligentes, sin duda, pero tienen una inteligencia cautiva. Repiten sin cesar unas rútinas biológicas programadas. Se rascan ahora igual que se rascaban hace mil años.
 
El hombre en cambio se aleja de la monotonía animal. Andamos, corremos, volamos, buceamos, nos deslizamos en el escarolado cuenco de la ola.
Agrandamos el espacio que por naturaleza nos correspondía, atravesándolo con ayuda de ruedas, zancos, esquies, globos, reactores.
Hemos dejado atrás los aburridos cacareos, berridos, bramidos y demás cadencias animales, del ronquido al gorgorito e inventado cinco mil lenguas y la ópera.
 
Nuestra medida es la desmesura, lo que ha hecho de la historia humana la crónica de la grandeza , pero también de la estupidez y la crueldad.
Hemos explotado las minas de los metales y las de dinamita, hemos inventado las bombas biológicas y la penicilina, hemos creado instrumentos de música y los de tortura.
 
La historia que protagonizamos, que dura ya cinco millones de años, es un indeciso juego de determinismo y libertad, de desánimo y exaltación, de generosidad y de crueldad,que nos mantiene siempre en vilo, en el filo de la navaja, como si estuvieramos dudando todavía entre seguir adelante o volver a las selvas tan cercanas. Retornamos a la selva siempre que abandonamos. A la selva de la brutalidad, del egoísmo, de la ignorancia, del aburrimiento, del desprecio, del desinterés.
La selva metafórica de que hablo es siempre una claudicación de la inteligencia. Un dejarse llevar por lo fácil. Cada uno de nosotros tiene que tomar la decisión de proseguir o retroceder. De colaborar en el vuelo o de ser un peso muerto y lastrarlo
 
José Antonio Marina
El vuelo de la inteligencia